Cuatro golpes en un solo día

Habíamos recorrido tres horas los caminos deslavados de la montaña de Guerrero, con la adrenalina hasta arriba y los sentidos agudizados ante la probabilidad de caer en los profundos acantilados con las camionetas en las que viajábamos hacia esa zona de la montaña alta, para hacer un análisis de las necesidades más urgentes.

Yo tenía tres años sin ir a comunidades de extrema pobreza y en ese momento llegábamos a Cochoapa El Grande, que en 2006 se había declarado el municipio más pobre del país, con un Índice de Desarrollo Humano por debajo de países de África subsahariana (1).

Era 2013, las comunidades tenían tres meses en emergencia humanitaria provocada por el huracán Ingrid y la tormenta tropical Manuel; y el gobierno había acudido una sola vez a entregar ayuda sin cumplir ningún estándar internacional en la materia.

Nos encontramos en el camino a una mujer con sus tres hijos, dos de ellos a pie y la más pequeña en brazos. Quizá se llevarían un año de diferencia entre las hijas y el hijo. La camioneta que venía adelante se paró para preguntarle a la delgada mujer cuál era el mejor camino para llegar a la comunidad de San Miguel Cochoapa.

Desde la camioneta en la que íbamos un colega y yo, no lográbamos escuchar la conversación, la veíamos a través del vidrio del parabrisas de nuestro vehículo rentado.

La niña mayor estaba desnuda de la cintura para abajo y se sentaba de cuclillas tocando con su vulva desnuda la tierra del color de sus cabellos. El niño también estaba desnudo de la cintura para abajo y buscaba entre la tierra algo que de vez en vez se metía a la boca.

Cuando Jaime balbuceó para sí mismo “esto va a estar fuerte”, el niño se acercaba a nuestra cápsula de metal. Se acercó a la altura del espejo retrovisor, como cuando alguien en un semáforo de la ciudad te va a pedir algo. Pero no, no decía nada, no pedía nada, sólo nos miraba.

El niño era de cara redonda, con los cabellos enredados de tierra y de color café. Su cara al principio parecía de dolor, pues tenía una costra de sangre seca alrededor de la nariz y boca, con un ojo sumido hasta una tercera parte del cráneo y el otro ojo con algunas lagañas secas. Había mucho desierto en su cara, mucha sequía, pero también mucha fuerza, paciencia y esperanza.

Yo me quedé estático, sin saber qué hacer ni qué decir, necesitaba a gritos silenciosos que el niño me pidiera algo, lo que fuera, que rompiera ese eterno instante que hacía que mirara su cara y me ahogara en sus ojos. Después de unos infinitos segundos, por fin llegó ese momento, me destrozó con una sonrisa lenta y efímera. Regresó corriendo hacia su hermana y continuó buscando cosas en la tierra mientras su mamá hablaba con nuestros colegas de enfrente.

 Después de un momento arrancamos y vimos a la madre, una mujer sin edad, sin peso, sin músculos, sin piel elástica, con los pechos grandes porque, afortunadamente para su bebé, tenía leche para amamantarlo, aunque ella se fuera consumiendo.

Este fue el preámbulo de la llegada a San Miguel Cochoapa. La comunidad había sido arrasada no sólo por el huracán que derribó el cerro y sepultó la comunidad. Había sido arrasada por los partidos políticos, por las autoridades corruptas, por los cacicazgos coludidos con los anteriores y por su precondición historica de desigualdad y discriminación por ser indígenas.

El huracán era un episodio más; la asistencia humanitaria que llevó el gobierno dos meses después sólo había sido un capítulo más de captura política: la habían entregado a la “autoridad” de la comunidad, un priísta que sólo repartió a las familias de la misma filiación política y el resto lo vendió a otras comunidades.

La comunidad vivía en una loma sin una sola cubierta de color verde. Era un terregal que ya había azotado a los adultos mayores y a las niñas y niños con enfermedades de infección estomacal, en los ojos y en la piel. Dos niñas habían fallecido por deshidratación derivada de infecciones diarréicas.

No había agua ni sanitarios. Los perros, los puercos, las gallinas y las personas defecaban donde podían. No había un solo techo ni un piso firme y nada que los cubriera del frío y del aire. Estaban divididos por los partidos políticos y no podían organizarse.

Regresamos tarde a Tlapa. Entré a mi habitación con angustia y con tristeza. Fui al baño. Abrí la llave del lavamanos, tomé el jabón, me enjaboné, me lavé la cara, me enjuagué y tomé la toalla para secarme mientras me veía en el espejo.

Salí del baño y algunas lágrimas me salieron del corazón. Es tan fácil lavarse la cara y millones de personas no pueden hacerlo, me dije entre pensamientos y con nudos en la garganta. En ese momento me llamó un compañero desde la oficina. De fondo se oía la música, las risas y los vasos chocar. Me preguntó que cómo estaba, que si estaba bien, como si algo supiera. No pude articular bien ninguna oración y mejor colgamos porque con la fiesta de despedida (nos mudábamos a otra oficina) no me podía escuchar y yo no podía hablar.

(1) IDH de 0.4354 (http://web.archive.org/web/http://www.undp.org.mx/desarrollohumano/genero/Doctos/Guerrero.pdf)

Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor o autora y no necesariamente reflejan la postura oficial de Oxfam México

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